Blog dedicado a temas relacionados con la Cofradía del Santisimo Cristo de la Vera Cruz de Campazas (León). Pagina no oficial.
sábado, 31 de marzo de 2018
sábado, 24 de marzo de 2018
miércoles, 14 de febrero de 2018
MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA CUARESMA 2018
«Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la
mayoría» (Mt 24,12)
Queridos hermanos y
hermanas:
Una vez más nos sale al
encuentro la Pascua del Señor. Para prepararnos a recibirla, la Providencia de
Dios nos ofrece cada año la Cuaresma, «signo sacramental de nuestra
conversión»[1], que anuncia y realiza la posibilidad de volver al Señor con
todo el corazón y con toda la vida.
Como todos los años, con
este mensaje deseo ayudar a toda la Iglesia a vivir con gozo y con verdad este
tiempo de gracia; y lo hago inspirándome en una expresión de Jesús en el
Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría»
(24,12).
Esta frase se encuentra
en el discurso que habla del fin de los tiempos y que está ambientado en
Jerusalén, en el Monte de los Olivos, precisamente allí donde tendrá comienzo
la pasión del Señor. Jesús, respondiendo a una pregunta de sus discípulos,
anuncia una gran tribulación y describe la situación en la que podría
encontrarse la comunidad de los fieles: frente a acontecimientos dolorosos,
algunos falsos profetas engañarán a mucha gente hasta amenazar con apagar la
caridad en los corazones, que es el centro de todo el Evangelio.
Los falsos profetas
Escuchemos este pasaje y
preguntémonos: ¿qué formas asumen los falsos profetas?
Son como «encantadores de
serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a
las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan
fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la
felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del
dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos.
Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad.
Otros falsos profetas son
esos «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los
sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles:
cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga,
de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas.
Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las
relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan
dramáticamente sin sentido. Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor
sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de
amar. Es el engaño de la vanidad, que nos lleva a pavonearnos… haciéndonos caer
en el ridículo; y el ridículo no tiene vuelta atrás. No es una sorpresa: desde
siempre el demonio, que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44),
presenta el mal como bien y lo falso como verdadero, para confundir el corazón
del hombre. Cada uno de nosotros, por tanto, está llamado a discernir y a
examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de estos falsos
profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato,
superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior
una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven
para nuestro bien.
Un corazón frío
Dante Alighieri, en su
descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en un trono de hielo[2];
su morada es el hielo del amor extinguido. Preguntémonos entonces: ¿cómo se
enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el
amor corre el riesgo de apagarse en nosotros?
Lo que apaga la caridad
es ante todo la avidez por el dinero, «raíz de todos los males» (1 Tm 6,10); a
esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar consuelo en
él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos
confortados por su Palabra y sus Sacramentos[3]. Todo esto se transforma en
violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras
«certezas»: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el
extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas.
También la creación es un
testigo silencioso de este enfriamiento de la caridad: la tierra está envenenada
a causa de los desechos arrojados por negligencia e interés; los mares, también
contaminados, tienen que recubrir por desgracia los restos de tantos náufragos
de las migraciones forzadas; los cielos —que en el designio de Dios cantan su
gloria— se ven surcados por máquinas que hacen llover instrumentos de muerte.
El amor se enfría también
en nuestras comunidades: en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium traté
de describir las señales más evidentes de esta falta de amor. estas son: la
acedia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar
continuas guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo
de lo aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo misionero[4].
¿Qué podemos hacer?
Si vemos dentro de
nosotros y a nuestro alrededor los signos que antes he descrito, la Iglesia,
nuestra madre y maestra, además de la medicina a veces amarga de la verdad, nos
ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y
el ayuno.
El hecho de dedicar más
tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con
las cuales nos engañamos a nosotros mismos[5], para buscar finalmente el
consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida.
El ejercicio de la
limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi
hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se
convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como
cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos
en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio
concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia. A este propósito hago mía la
exhortación de san Pablo, cuando invitaba a los corintios a participar en la
colecta para la comunidad de Jerusalén: «Os conviene» (2 Co 8,10). Esto vale
especialmente en Cuaresma, un tiempo en el que muchos organismos realizan
colectas en favor de iglesias y poblaciones que pasan por dificultades. Y
cuánto querría que también en nuestras relaciones cotidianas, ante cada hermano
que nos pide ayuda, pensáramos que se trata de una llamada de la divina
Providencia: cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de
Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no
va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por
nadie en generosidad?[6]
El ayuno, por último,
debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión
para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos
que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra,
expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la
vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al
prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia
nuestra hambre.
Querría que mi voz
traspasara las fronteras de la Iglesia Católica, para que llegara a todos
ustedes, hombres y mujeres de buena voluntad, dispuestos a escuchar a Dios. Si
se sienten afligidos como nosotros, porque en el mundo se extiende la
iniquidad, si les preocupa la frialdad que paraliza el corazón y las obras, si
ven que se debilita el sentido de una misma humanidad, únanse a nosotros para
invocar juntos a Dios, para ayunar juntos y entregar juntos lo que podamos como
ayuda para nuestros hermanos.
El fuego de la Pascua
Invito especialmente a
los miembros de la Iglesia a emprender con celo el camino de la Cuaresma,
sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a
veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no
se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a
amar de nuevo.
Una ocasión propicia será
la iniciativa «24 horas para el Señor», que este año nos invita nuevamente a
celebrar el Sacramento de la Reconciliación en un contexto de adoración
eucarística. En el 2018 tendrá lugar el viernes 9 y el sábado 10 de marzo,
inspirándose en las palabras del Salmo 130,4: «De ti procede el perdón». En
cada diócesis, al menos una iglesia permanecerá abierta durante 24 horas
seguidas, para permitir la oración de adoración y la confesión sacramental.
En la noche de Pascua
reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene
del «fuego nuevo» poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea
litúrgica. «Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas
de nuestro corazón y de nuestro espíritu»[7], para que todos podamos vivir la
misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra
del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a
arder de fe, esperanza y caridad.
Los bendigo de todo corazón
y rezo por ustedes. No se olviden de rezar por mí.
Vaticano, 1 de noviembre
de 2017
Solemnidad de Todos los
Santos
Francisco
[1] Misal Romano, I Dom.
de Cuaresma, Oración Colecta.
[2] «Salía el soberano
del reino del dolor fuera de la helada superficie, desde la mitad del pecho»
(Infierno XXXIV, 28-29).
[3] «Es curioso, pero
muchas veces tenemos miedo a la consolación, de ser consolados. Es más, nos
sentimos más seguros en la tristeza y en la desolación. ¿Sabéis por qué? Porque
en la tristeza nos sentimos casi protagonistas. En cambio en la consolación es
el Espíritu Santo el protagonista» (Ángelus, 7 diciembre 2014).
[4] Núms. 76-109.
[5] Cf. Benedicto XVI,
Enc. Spe salvi, 33.
[6] Cf. Pío XII, Enc.
Fidei donum, III.
[7] Misal Romano, Vigilia
Pascual, Lucernario.
LA CUARESMA ES LA PUERTA DE LA PASCUA
Carta Pastoral
LA
CUARESMA ES LA PUERTA DE LA PASCUA
Queridos diocesanos:
El día 14 de febrero, miércoles de ceniza, comienza el
periodo más decididamente pascual del año litúrgico. Me refiero a la totalidad
del ciclo, no solo a las semanas que preceden a los días santos de la Pasión,
Muerte y Resurrección del Señor, sino también a las semanas que siguen, a las
que no siempre se les presta la atención debida, como si todo el compromiso
cristiano de conversión a Dios y de cambio de conducta terminara en la Semana
Santa. La Cuaresma es la primera etapa, en subida más o menos fatigosa. Sigue
la cumbre que es la Semana Santa y, dentro de ella, el sagrado Triduo de
Jesucristo muerto, sepultado y resucitado. Pero esa tensión propia de la
conversión a Dios no termina ahí. La tercera etapa, que comienza el día mismo
de la Resurrección y se prolonga hasta Pentecostés, es igualmente importante
porque significa la perseverancia en las actitudes que pide la Cuaresma. De
otro modo, ¿para qué sirve esta si su espíritu no tiene continuidad? Desde esta
perspectiva unitaria deseo transmitiros lo que sigue.
Un gran liturgista del s. XX, el P. José A. Jungmann,
S.J., decía que la Cuaresma contiene “una enorme reserva de pedagogía humana,
de orientación cristiana y de dominio de la vida”. Y es verdad, porque este
tiempo litúrgico ha acumulado un enorme acervo de significado teológico y
espiritual en los ritos, las oraciones y las prácticas piadosas y ascéticas
para la vivencia cristiana, de manera que el Concilio Vaticano II llegó a decir
que “el tiempo cuaresmal prepara a los fieles, entregados más intensamente a
oír la palabra de Dios y a la oración, para que celebren el misterio pascual, sobre
todo mediante el recuerdo o la preparación del bautismo y mediante la
penitencia” (SC 109), a la vez que invitaba a que se le diese la mayor
importancia pastoral en la liturgia, en la catequesis y en la vida ascética
(cf. SC 109ab-110).
En efecto, la liturgia nos enseña a todos a vivir como
hombres y como cristianos. Cabe recordar, por ejemplo, la fuerza y eficacia con
las que nos orienta hacia Dios, nos une a Cristo bajo el suave impulso del
Espíritu Santo e infunde, en cada fiel cristiano que se deja guiar por la
palabra de Dios y las oraciones de la Iglesia, el sentido de pertenencia a la
comunidad eclesial. No en vano la liturgia, en expresión del mismo concilio, es
"la fuente primera e indispensable de la que los fieles han de beber el
genuino espíritu cristiano” (SC 14; cf. 12). La liturgia constituye y expresa
la vitalidad de la Iglesia y de cada comunidad cristiana. Basta fijarse un poco
en sus textos para encontrar fácilmente reflejados los misterios de la fe, las
normas fundamentales de la vida cristiana e incluso lo que significa y sostiene
el apostolado y la acción de los fieles cristianos en la sociedad.
Más aún, la liturgia en general y la Cuaresma en
concreto, con su invitación a la escucha más atenta y abundante de la palabra
de Dios y con la llamada a la conversión, a la austeridad de vida, a la caridad
fraterna y a la penitencia, desarrolla toda una pedagogía cristiana muy eficaz.
Dejándose guiar por esta pedagogía se participa de manera suave y progresiva en
el misterio pascual de Jesucristo. A la vez, con el estilo propio de la
iniciación cristiana, la liturgia cuaresmal va desvelando la verdadera condición
del hombre como a contra-luz -la luz de Dios- mostrando cómo el ser humano, la
criatura divina por excelencia y su obra maestra, es rescatado de la situación
de pecado y de muerte y conducido a la liberación total por Jesucristo
resucitado. La única condición que se requiere para esto es dejarse guiar por
la Iglesia. Santa y eficaz Cuaresma a todos.
+Julián, Obispo de
León
Miércoles, 14 de
febrero de 2018
sábado, 10 de febrero de 2018
INMAGENES TITULARES DE LA COFRADÍA
Santisimo Cristo de la Vera Cruz
Nuestra Señora de los Dolores
Nuestra Señora de los Dolores (Pascua)
Cristo Yacente
Cristo Resucitado
La Burrquita
viernes, 9 de febrero de 2018
VERA-CRUZ CAMPAZAS 2017
Además de los actos relacionados con la Semana Santa, la cofradía del Cristo de la Vera Cruz también celebra la fiesta de la Cruz, el 3 de mayo, con tradición propia muy arraigada en la idiosincrasia popular
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No debe confundirse con Exaltación de la Santa Cruz. La Invención de la Santa Cruz, Cruz de Mayo o también Fiesta de las...































































